domingo, 18 de enero de 2009

Domingo

Irse, lentamente, sin rostro, sin televisión; quedarse tranquilo, con una expresión infantil, sin penas, sin perfumes; irse, me parece, como un fantasma, como un cartoon viejo, con mala resolución. Y luego, ya en la cama, acordarse de los tiempos morros, de los tiempos rucos, cuando nadie sabía de enfermedades, de hospitales solos, de muchachas bonitas con problemas de dicción. Acordarse, y volver a acordarse, vaya, apretando los recuerdos, los tiempos idos, los años disneylandianos. Y después maldecir, porque eso es importante; maldecir, putear, chingar: o sea, llorar un poco, pero como los hombres: esto es, con los ojos cerrados, con los ojos rojos, mandando a tomar por culo a los médicos-milagro, a aquellos que extirpan tumores-huevos que se autorreproducen. Todos, pues, a la chingada, todos, incluido el relator; porque las imágenes se ensombrecen (se empobrecen), y ya nadie dice nada, ni siquiera un qué pedo, un what the hell.
Ya lo he posteado antes: en estos casos, se vale llorar.

No hay comentarios: