martes, 30 de noviembre de 2010

Post-clásico (Barcelona-Madrid)

La cara, lo primero, con una vocación de garnacha a medio cocer. Pero —uf— ese es el riesgo, insisto, cuando se anda de bravucón. [Palabras, palabras, palabras.]
La garnacha en close up y también la del jefe, en grave levitación.
El campo además parecía de mentiritas.
Una mesa de margarina. Una pista de hockey sin rasurar.
La garnacha, perdón, las dos garnachas, miraban nomás. Un ojo para allá, captando la atención, y el otro (los otros) al revés, viendo el desaguisado, el postre hervido, después de la contusión.
El campo estaba poseído. [Era la evidencia.]
Era un campo al revés, sometido por los pupilos.
La garnacha —extrema, hirsuta— no supo qué hacer. Lo mismo el boss, esto es, la garnacha suprema, haciendo un rictus vespertino como si lo acabaran de parir.
Los goles por lo demás eran un racimo de uvas.
El balón estaba poseído. [El balón Poseidón.]
Mucho de culpa tenían los pupilos, jugando, masacrando.
Gol contra la garnacha, al más estilo holandés. Doble gol, y ahí no había bebederos: sólo la cara maltrecha, el mal sabor de boca que era un home run, o un pedazo de culo malsano y a punto de fenecer.
Cinco —manita completa—, cero. Cinco, un anuncio del mar.

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