domingo, 3 de julio de 2011

Faena

Un primer rostro, de lado; como si estuviera dormido (el ¿sujeto?). Y los demás, en las mismas...: los ojos dilatados, mirando sin mirar; lo de siempre, lo de todos los días, a esa hora: perdidos, extraviados... El primer rostro, con todo, volvió en sí o aparentó volver en sí, y su boca —o algo que se movió— dijo que ya, que ya se podían marchar.
Visto lo visto, la condena consistía en levantarse a oscuras e imaginar que en otros lugares, lejos, muy lejos, la gente se la pasaba bien, sin tener que madrugar y, amén de ello, sin tener que esperar, como era lo habitual.
Pasados los minutos, el rostro y los demás quisieron ponerse en huelga y cerrar —con un mecanismo apresurado— los ojos, los párpados; sin embargo, tal rebelión era imposible, pues sabían las consecuencias de tomar semejante decisión: escuchar el ladrido de los pitos y el fragor de una tormenta sin final.
No hubo, como se entiende, otra alternativa: el rostro se aguantó y los demás también. El primero, el de la motivación, y los otros, los del cadalso.
Mientras, la oscuridad ejercía su poder sobre la ciudad.

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